Hoy amanecí repleta de saudades. Ya perdí la cuenta del número de veces en que he soñado con mis últimos días en Colombia, se suceden, una vez tras otra, escenas de despedidas, angustiosos aeropuertos y esperas en embajadas. Tampoco puedo dejar de escuchar tangos desgarradores. Desde que llegué (que, para mañana será un mes) sólo he llorado una vez. Digo sólo porque, con las cosas tan queridas que dejé atrás, es poco. Hoy me extrañé con Antonín. No puedo dejarlo pero es difícil incluírlo en esta nueva vida. En medio de lo que a mi se me antoja que es el invierno (que ni tan siquiera ha llegado) mover mis dedos congelados me parece de extrema dificultad. La vida parece un poco más amable desde que adquirimos un calentador. Y el invierno mató mi estilo. Sólo tengo un abrigo y una chaqueta -de montaña-, entonces mis días se suceden en pantalones negros con abrigo azul, pantalones azules con abrigo azul, pantalones negros y zapatos rojos con abrigo azul, es todo; el 80% de mi ropa se puede dar por muerta, por desuso o por jamás conocer la luz exterior. Compenso llenando de cosas de colores mi cabeza: cintas de colores, diademas y adornos varios. Tengo que desayunar antes e ir a clase. Besos,
Pi.
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