miércoles, 5 de enero de 2011

históricamente, mi hora por excelencia para levantarme han sido las seis de la mañana... porque el colegio empezaba a las siete, porque llegaba a la oficina a las siete, porque la hora decente para empezar a meter ruido con Antonín eran las siete... acá, llevo dos meses auto-escandalizada de mi dificultad para ponerme en pie a las ocho y media de la mañana, cómo es que atravieso el atlántico y pierdo sanas costumbres?.... pues bien, hoy, cinco de enero, siendo las 6:41 de la mañana, me queda todo claro... de este lado, las seis de la mañana son el equivalente a las cuatro de la mañana bogotanas, aquellas que conociste porque un padre intenso como el mio te hacía arrancar para un viaje y "ganarle puestos a los carros" cuando aún era de noche, aquellas que conociste los días de rumba bestia (y acá tendría que hablar de cómo la hora zanahoria se ha metido profundamente en mi reloj biológico)... pues bien, me levanto y a duras penas consigo bajar las escaleras sin morir en el intento, alcanzo el estudio y preciso de luz artificial, me asomo a la ventana y me caben en los dedos de la mano las luces de casa que ya están encendidas... y por fin lo entiendo todo, no es pereza, Lucía del Pilar, es que simplemente, acá, las seis de la mañana se vuelven las seis de la madrugada.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Está bueno eso de llamarse a sí mismo por el nombre completo en casos de emergencia. Altamente recomendado a la hora de despertar.

Besos de E. y los gatos. Un abrazo.